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Síntesis del buen entrenamiento policial

| Policial y defensa | 10 enero, 2017

 

entrenamiento tiro policialSíntesis del buen entrenamiento policial: Pies para acá, balas para allá. Todavía hay quienes dicen que no, que las personas que visten uniforme, que lucen placa y que portan pistola, ni tienen miedo ni pueden tenerlo nunca. Malditos mentecatos, sembradores de embustes miles. Quienes en tales términos se expresan no son más que víctimas de cuanto vieron en los capítulos de ‘El Equipo A’, durante la década de los años ochenta. No cabe duda de que sufren duras secuelas intelectuales, por seguir creyéndoselo todo. Pero lo cierto es que algunos son directamente gilipollas, y lo son, además, para toda la vida. Sin embargo, lo verdaderamente peligroso es que muchos de estos adictos a la bobería son, hoy por hoy, policías o hasta instructores de policías, cuando no incluso mandos policiales. Cuánto despropósito y emponzoñamiento junto.

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Ganar distancia y salir de la línea de tiro del agresor es lo más importante para sobrevivir a un enfrentamiento armado.

Al video incluido en el artículo de hoy y que me sirve como germen argumental, poca palabrería técnica hay que añadirle, pues las imágenes revelan, con claridad meridiana, como los dos uniformados que se aproximan al sospechoso, seguramente con la intención de identificarlo, no es que se asusten al verse encañonados por un arma corta, es que literalmente vuelan, dándose por patas. Poca cosa podría haber hecho casi cualquiera en tal tesitura. Menos mal que los dos intervinientes sabían que ganar distancia y quitarse de en medio era lo más perentorio, en ese momento. O sea, que salir de la línea de tiro del atacante; o pirarse de delante del cañón; o tomar las de Villadiego; o entonar aquello de ‘pies para qué os quiero’, resultó la respuesta más inteligente. En fin, todo lo contrario a lo que se inculca aquí, en España, dado que aquí, de inculcarse algo, es normalmente aquello que discurre en el sentido opuesto a lo sensato y positivo.

Eso sí, esta reacción tan instintiva y natural, que no cobarde como manifiestan los borricos licenciados en Pasamanería y diplomados en Ignorancia, era tan lógica y tan de esperar como el deseo de sobrevivir. El instinto y la supervivencia siempre van de la mano. No hay nada más atávico e irrefrenable que oponerse a perecer. Solo un demente respondería reaccionando de otro modo. Pero a todo este paquete de sentimientos y reacciones emocionales y autónomas que traemos de serie los ‘Homo sapiens’, han de seguirle, ipso facto, las respuestas basadas en los conocimientos adquiridos: la materialización de lo entrenado e interiorizado, en caso de estar refiriéndonos, como es el caso, a personal supuestamente adiestrado.

La filmación constata que el policía situado más próximo al hostil respondió con fuego tan pronto se separó de su antagonista, disparando, incluso desde el piso y estando tendido boca arriba, en una de esas incómodas e inesperadas posiciones que los mediocres desconocen y critican, pero que imitan en el silencio de la soledad, tras visionar cientos de vídeos en YouTube. Me refiero a esos docentes que por desgracia no son un puñado, sino una legión.

Ya sé que esto sucedió en los Estados Unidos (abril de 2016), donde los policías muchas veces la cagan y donde otras muchas más veces aciertan. En esta grabación tenemos a un agente herido en la cara y en un brazo, que es el que reaccionó poniéndose a salvo, e igualmente tenemos al que logró disparar defensivamente. Este segundo, Daniel Colwell, recibió dos impactos de bala en su chaleco de protección balística, consiguiendo acabar con su antagonista durante la segunda andanada de taponazos que soltó cuando vio que el malo regresaba para recoger su arma, la cual se le había caído durante la precipitada huida. ¡Bien por Dani!

Me consta que muchísimos instructores patrios balbucean en nuestras líneas de tiro que lo  correcto y eficaz es, en esta y en todas las situaciones imaginables, seguir los siguientes pasos:

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a) Clavar los pies en el suelo, luchando así contra la naturaleza evolutiva de la propia especie, aquella que nos dice que nos movamos ¡ya! Este punto forma parte del 99% de los planes de formación y reciclaje de nuestros funcionarios armados.

b) Desenfundar marcando los tiempos hasta completar siempre, siempre, siempre, un empuñamiento a dos manos. Algunos apostillan que esto es extremadamente importante, dado que desconocen opciones de tiro con una sola mano. ¡Ah! Esta coreografía incluye el agarre de la funda por parte de la mano menos diestra, para que de este modo la mano hábil pueda consumar la extracción del arma sin inoportunas injerencias de la funda, como pudiera ser un broche oxidado que no abre bien o el desplazamiento de la propia funda. Cuánto analfabetismo profesional, aún.

c) Introducir un cartucho en la recámara, mirando al criminal a los ojos. Pero eso sí, teniendo la precaución de no gritar demasiado fuerte durante la ejecución de tal maniobra, no vaya a ser que el ruidito de la obturación del cañón quede eclipsado, porque estos profesores, instructores o monitores, sostienen con vehemencia que tal sonoridad acojona al que ya está matando o iniciando la acción de matar, haciéndolo cargarse por las patas abajo. Hay que ser pringosamente imbécil e irresponsables para seguir embutiendo tanta porquería en la cabecita de los alumnos.

d) Desactivar el seguro manual de la pistola, el cual tantísimos docentes recomiendan llevar siempre activado. Para los lerdos y los acomodados que nunca se han enfrentado cara a cara con la realidad del peligro, esta acción es vital, pues aseveran que en este punto uno ya va siendo consciente de que la situación es delicada, aunque a bocajarro lleven un rato amenazándote con plomo o con filo. A estos tíos habría que sacarlos de las galerías de tiro hoy mismo, poniéndolos a patrullar con perros callejeros.

e) Disparar disuasoriamente al aire. A la obligatoriedad del tiro intimidatorio dirigido hacia arriba e incluso hacia abajo, contra el suelo, se agarran muchos instructores, recomendando hacerlo aun dentro de centros comerciales, de viviendas, de naves industriales, etcétera. A ver si llega pronto el día en el que la plaza de instructor la ocupe solamente quien sabe de verdad, y no porque lo diga un diploma; papelito, éste, al que muchas veces únicamente acceden los nepotes designados, interesadamente, por quienes tienen que pagar favores familiares, políticos, sindicales y hasta carnales.

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Ordenarle al contrario que deponga su actitud no suele dar resultado cuando está empeñado en matarte

f) Ordenarle al contrario que deponga su actitud tirando el arma al suelo, entregándose y dejando pagado un par de cafés en el bar de enfrente. Lo del café resulta crucial para los también abundantes pescueceros.

g) Y luego, solo si no estamos muertos y si la pipa no se nos ha caído de las manos, podríamos apuntar y disparar a una parte no vital de la anatomía del malvado cabrón que lleva varios segundos disparándonos o apuñalándonos y moviéndose como pollo sin cabeza. Esto tendríamos que hacerlo, según dicta la infinita mayoría de manuales, con mucha calma y tomándonos nuestro tiempo, otra vez luchando contra la neuro-psico-fisiología humana. Ya no sé a cuántos merluzos hay mandar a tomar por el siempre sucio.

Sé que soy una jodida mosca cojonera. Sé que los que defienden la basura me acabarán esperando cualquier día en la esquina de mi casa, para darme un trompazo (o dos). Pero también sé que ellos saben que me importa una mierda lo que piensen de mí. No se rían, por favor, que esto es para llorar.

Texto: Ernesto Pérez Vera

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