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Consejos para un nuevo instructor (Parte II)

| Policial y defensa | 29 septiembre, 2016

 

Consejos para un nuevo instructor Consejos para un nuevo instructor (Parte II). ¿Puede instruirse a los funcionarios de policía para que minimicen sus propias reacciones psicofisiológicas, ante eventos que pongan en riesgo la pervivencia? También me preguntó esto, semanas atrás, aquel amigo mío que referí en otro reciente artículo. Sí, ya saben, aquel que además de ocupar plaza de mando en una fuerza pública, es, también, responsable de un área técnica en la academia de policía. Y en fin, ya me conocen, no suelo dejar a nadie sin respuesta sino todo lo contrario: me explayo, porque a pesado no me gana nadie, al menos en estas lides. No obstante, como en el artículo de referencia, volveré a ser breve. Al fin y al cabo, sobre esto ya he escrito infinitas veces, siempre más extendida y técnicamente que ahora.

ernesto perez vera encarando una escopeta corredera

El autor del texto encarando una escopeta “pump action”

Pienso que es muy pero que muy complicado preparar a una persona para que doblegue la fuerza de la naturaleza que fluye por ella. Pero también creo que es posible retardar un poco, solo una pizca, los efectos psicofisiológicos que se presentan, propia y puntualmente, cuando creemos estar frente a la parca. A veces he llegado a concluir, tanto en mi cabeza como en charlas y artículos, que más que el entrenamiento, que también (el buen entrenamiento, que de eso ya le hablé a mi amigo la vez anterior), la experiencia en combate es la que realmente puede hacer que alguien, por la acumulación de vivencias en tales fregados, o sea, por tablas, pueda sobreponerse antes y mejor a los potentes efectos de los efluvios biológicos que aparecen, en las personas mentalmente estables, en situaciones de tan adversa magnitud.

El entrenamiento moderno debe basarse en las reacciones autónomas que tienen lugar durante las situaciones de estrés elevado.

Jim Cirillo, famosísimo agente de la Policía de Nueva York, al que vengo admirando desde que supe de él y de sus hazañas, participó en diecisiete tiroteos durante la peligrosa década de los años setenta del siglo pasado. Estaba especializado en operaciones contra atracadores de licorerías, de farmacias, de tiendas de ultramarinos, etc. Vamos, que mató a un buen puñado de peligrosos delincuentes. Años después manifestó públicamente, ya jubilado, que aunque pasaba miedo, antes y durante los enfrentamientos a tiro limpio, consiguió afrontar los intercambios de disparos con cierta naturalidad, a medida que iba ganando experiencia, a base de plomazos, mediante la superación de acontecimientos de esta índole. Dijo que supo detectar esta sorprendente actitud no solamente en sí mismo, sino, también, en varios componentes más de su unidad. Al parecer, cada vez que mandaba con San Pedro a algún contrario, o él mismo se había sentido a las puertas del Cielo, analizaba, paso a paso, qué y cómo había sucedido todo aquello, aprendiendo a corregir, así, los errores procedimentales detectados. Lo ven, a esto es a lo que yo llamo tener tablas. No obstante, y esto también es muy importante, una vez finalizado el incidente, todos los participantes celebraban el pertinente debriefing, donde cada interviniente en la acción solía contar una versión distintita sobre lo que acababa de ocurrir.

Jim Cirillo

Jim Cirillo

Pero tengo que decir, en honor a la verdad, que los tiroteos de Cirillo eran, o solían ser, casi emboscadas: se escondía, con uno o dos agentes más, en las trastiendas de los establecimientos susceptibles de ser víctimas de robos, a la espera de que los maleantes accedieran al local gritando, ‘cacharra’ en mano, el consabido ¡esto es un atraco! Los agentes jugaban con cierta ventaja. Pero ojo, no nos engañemos más de lo debido, las balas volaban igualmente en ambas direcciones. A esto hay que sumar que Cirillo era especialista en tiro, al igual que varios integrantes de su célula de intervención. Algunos, entre ellos él, competían en la modalidad de recorrido de tiro (IPSC). Jim era un vicioso de las armas, del tiro, de la balística y de la recarga de cartuchos. Pero también era un apasionado del trabajo a pie de calle, aun sabiéndose, siempre, en la línea de fuego. Y claro, todo esto tiene que sumar en positivo y a su favor; digo yo, vamos.

En fin, que se puede entrenar a la gente, pero si la gente nunca afronta situaciones reales de riesgo, puede que la gente adolezca de lo más importante: de la confirmación y del refuerzo interno y subconsciente que le grite, llegado el caso, que puede hacerlo. Las personas difícilmente podemos hacer aquello que no sabemos hacer, máxime si ni tan siquiera creemos en ello. Esto es, ya, la segunda o la tercera vez que se lo digo a mi colega. La confianza, a veces, resulta crucial. Pero a falta de experiencias reales a balazos, en aras de llegar entero a casa al acabar el servicio, uno siempre puede y debe meditar sobre estos menesteres; eso sí, muy previamente, para que no te pille el toro. Y es que tras un sincero, profundo y reiterado viaje al interior de cada uno, la visualización del enfrentamiento, viéndose mentalmente uno mismo resolviendo la situación planteada (siempre potencial), puede ser un ejercicio más que fructífero y recomendable. Es más, esta es una práctica muy extendida entre los deportistas competidores de alto nivel, la cual se estudia en Psicología Deportiva. Todo esto debe resultar harto complicado de asimilar y comprender por esas amplias masas que, creyéndose doctas, todavía no saben que no saben.

En En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados (Tecnos.2014) se expone el caso (capítulo diez) de una unidad especial altamente entrenada. Aunque eran cinco los agentes que asaltaron aquel lugar cerrado, tomado violenta y armadamente por un único hostil, uno de los policías se bloqueó emocionalmente, no pudiendo intervenir de modo alguno cuando empezaron a sonar los taponazos. Ni siquiera penetró en la estancia en la que sus compañeros se estaban batiendo a tiros. Los otros cuatro operadores dispararon hasta en once ocasiones contra quien estaba situado a menos de ocho metros de distancia. Sí, solamente a ocho metritos de nada. Pero incluso estando tan abundantemente entrenados, porque estamos hablando de funcionarios de esos que utilizan cascos balísticos con pantallas igualmente antibalas, escudos blindados y armas de fuego de todo tipo, erraron siete tiros de aquellos once. Así es, fallaron siete veces en tan escuetísimo rango de separación del blanco. Insisto, eran tíos como trinquetes que entrenaban semanalmente, se supone que mucho y muy bien. Toca pensar, ¿no creen? ¡Ah! Y nada de reproches, que ser valiente en el sofá no puntúa.

adiestramiento geos policia

Estoy convencido de que hay que cambiar total y profundamente la mentalidad de los policías. Pero sobre todo hay que cambiar la de los jefes, la de los instructores, la de los directivos de las fuerzas y la de los políticos. Seguimos viviendo instalados en el ‘aquí nunca pasa nada’. Y cuando pasa, que pasa, digo que si pasa, entonces nos giramos y entonamos (los que lo hagan), ya con tono rudo y montaraz, cual legionario curtido en mil y una batallas: “Eso a mí no me pasa, porque la mía es más grande”. ¿La porra, la placa, la pistola, la lengua o la estupidez?, me pregunto yo, cada vez que lo oigo, y lo sigo oyendo años tras año, desde hace décadas.

Se niega desde las instituciones, casi siempre hasta la saciedad, pero muchos instructores no saben nada de nada de todo esto. Yo tengo un documento del Ministerio del Interior, muy oficial él, que me habilita para conducir motocicletas de todas las cilindradas, mas resulta que no sé conducir ni una bicicleta (con ruedines, sí). De este corte profesional hay muchísimos. Demasiados. Pero esto se oculta; se tapa; se niega; se cubre y, a veces, incluso se enmascara publicitando magníficas producciones audiovisuales. Por cierto, y lo digo ahora porque antes se me olvidó, para mí un monitor y un instructor son la misma cosa, como si en el diploma quiere poner adiestrador, experto, consejero, o lo que sea que ponga. Yo no hago distingos, porque en esto, hacerlos, es de bobos rabiosamente empedernidos. Y yo soy muchas cosas, pero empedernido no, todavía no.

La mayoría de los policías siguen instalados en el “aquí nunca pasa nada”

agentes policia local y guardia civilEl corporativismo es inmenso, y no pocas veces absurdo, en pro de la buena imagen pública y de la máxima popularidad del colectivo. Pero los problemas serios del día a día se mueren en los cajones y cogiendo polvo, sin que nadie les meta mano ni les eche un ojo. No venden, por tanto, no interesan. Los sindicatos, o mejor dicho, las personas que los manejan, son, casi siempre, en todos los cuerpos, los principales culpables de este ‘manga por hombro’ y ‘la casa sin barrer’. Que se salve el que pueda, que no serán muchos, aunque sé que hipócrita e interesadamente todos levantarán la mano para librarse de esta quema mía tan particular.

La formación seria y de calidad pasa por cambiar tantas cosas y a tantos personajes, que no puede hacerse fácilmente, porque son tantos los reinos de taifas establecidos, a tantos niveles de la Administración, en los que la peña hace y deshace desde antaño, en ocasiones mercadeando bajo cuerda, que ciertamente resulta muy difícil descabalgar a la señora sinrazón, golfa sin par. Hay mucha gente implicada que rema contra las rocas para ver si así logra destrozar la balsa, con la intención principal de hacer zozobrar cualquier propuesta novedosa y revolucionaria de plan de estudios. ¿Que por qué? Pues por asqueroso pasotismo, por total aburrimiento, ‘porque me sale de los huevos’, por incontrolada cobardía, por supina ignorancia, ‘porque aquí mandan mis cojones’, por pura comodidad, ‘porque siempre lo hemos hecho así’ y, sobre todo, porque, ¡joder!, es que aquí nunca pasa nada. Ahora bien, en lo que sin duda sí se invierten esfuerzos es en silenciar los despropósitos y, en su caso, en remendar los roídos y apulgarados programas de adiestramiento. El parche sobre parche es muy nuestro.

El entrenamiento moderno tiene que basarse, sí o sí, en la forma en que nuestro cuerpo y nuestra mente reaccionan, autónomamente, en situaciones de estrés elevado (estrés de supervivencia). Si no sabemos que cuando nos cagamos por las patas a bajo hay cosas imposibles de llevarse a cabo física y cognitivamente, ¿cómo vamos a poder resolver situaciones en las que no comprendemos qué leches nos está pasando en las tripas y en el cerebro? Al debido avance en esa dirección es a lo que se niegan, con fiereza, los desechos referidos en el párrafo anterior. Los H2O, los incoloros, inodoros e insaboros, que dice mi colega Pepe Moreno, veterano policía muy próximo al jubileo.

Nada cambiará mientras tantos instructores sigan recurriendo a estos supuestos buenos consejos, más bien presuntas lecciones magistrales, que yo recomiendo no utilizar: “Apuntad bien y con calma. Imaginad que esa silueta es un tío que está avanzando con un machete. No podéis fallar, ¡coño!, que solo estamos a cinco metros. Venga, os doy tres segundos. ¡Jodeeer ya!”. O sea, que cuando es seguro que nadie en su sano juicio puede estar tranquilo, porque nadie que no sea un psicópata puede mantener la calma ante la visión de la muerte, viene un tío y te dice que sí, que mantengas la compostura, que no pierdas el oremus, que subviertas las reacciones neuro-psico-fisiológicas del miedo, que desenfundes, que prepares la pistola, que apuntes, que te fumes un puro y que aciertes, además, en una mano, en un pie o en un hombro. Pues va a ser que no. Yo no lo veo y por ello no compro esta moto. No, por favor, no se puede seguir engañando a los alumnos. Tiempo es ya de enterrar los entrenamientos marca Acme. Esto ya huele a chamusquina.

policia herido cuello

La no mentira, es decir, la sinceridad, ayuda mucho. El saber, demonios, el saber. Hay que concienciar y mentalizar al personal sobre lo durísimo que resulta un ‘o tú o yo’, un a vida o muerte, aunque solo resulte una equivocada percepción cerebral, que finalmente no era para tanto. Porque a ver, reconozcámoslo claramente de una vez, reaccionamos ante las percepciones del cerebro, órgano director que a veces nos engaña, incluso estando bien preparados. ¿Qué sucede, pues, cuando no se está bien adiestrado, partiendo de la base incontestable de que la mayoría de nosotros no estamos ni siquiera básicamente formados? En las aulas hay que hablar del miedo, y hay que hacerlo sin tapujos. Tenemos que normalizar el canguelo. Pero antes hay que abandonar la cueva del desconocimiento, donde habitan los nefastos prejuicios y complejos.

Texto: Ernesto Pérez Vera

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