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Creer en lo que se hace y hacer aquello en lo que se cree.

| Policial y defensa | 17 abril, 2017

 

policías locales de patrullaCreer en lo que se hace y hacer aquello en lo que se cree. Una vez más, como la vida misma. Esto es un suma y sigue, un no parar. Lo mismo hablo con mandos superiores que con mandos intermedios, que con policías, que con opositores. Lo mismo me escriben para ponerme a parir, que algunos hay que lo hacen y mi respuesta reciben, a veces incluso dándoles la razón; que lo mismo me cuentan sus cuitas; que lo mismo me piden consejos sobre fundas, pistolas, cartuchería o entrenamiento policial con armas. Unos son ya mis amigos, otros mis enemigos y otros, no sé si los más o lo menos, andan en vías de convertirse en una cosa o en la otra. Y es que lo admito, muchas veces soy áspero y difícil, pocas veces unas castañuelas.

Este fin de semana estuve almorzando con un mando policial de la escala de suboficiales o de la de subinspección, porque a qué cuerpo pertenezca mi colega da lo mismo, que lo mismo da. Es uno de esos amigos que he hecho a través de internet, con el que ya me he visto físicamente más de una vez, tanto en su zona de labranza como en la mía (en realidad yo ya no labro, solo ladro). El tío es viejo, y lo sabe. Tanto es así que podría llevar un trienio destinado en un boquete, mas prefiere continuar en la calle gastando suela, que no apoltronarse sobre un cojín, echando tripa y ensanchando el culo. Es un picado del ¡alto policía!; un agonía de encerrar hijos de puta en las mazmorras del castillo; un fatiga de la noche y de las luces azules; un entregado al servicio de ayudar a los buenos, sobre todo si es jodiendo a los malos. Vive el trabajo policial con la misma intensidad que cuando empezó su carrera en la dura y plomiza década de los años 80, pese a que ahora, en el siglo XXI y a punto de finalizar la singladura, se sienta más pisoteado que antaño por quienes pasan por ser sus jefes y compañeros.

Lito, como lo llamamos aquellos a los que no nos escupe la mirada de desprecio que se gasta con los policías de la sopa boba, me contaba, pan de ajo en la mano él y todo oídos yo (estábamos almorzando en un italiano), que tiene a su cargo un turno de 10 personas, una de ellas mando subordinado, y que de todas ellas solo él y un agente de la Escala Básica saben usar las 2 armas largas asignadas a la unidad. ¡Ah! Lo de Lito viene de Manolito, de Manolo, de Manuel o de Manué, según la confianza que cada cual tenga con él.

escopeta policialTodavía le quedaba medio pan de ajo, con queso por supuesto, cuando empezó a blasfemar acordándose de los antepasados de la mitad de su equipo. Omito los más feos improperios: “Ernesto, tío, es que pasan de todo lo serio. Únicamente piensan en mandar mensajes de wasap, en quedar con los coleguitas para jugar con el ordenador, en comprarse el teléfono de moda y en pillarse las gafas más fashion. Nuestras prácticas de tiro son una mierda y nuestro instructor es un abuelo que no sabe nada de nada y que además, y esto es lo peor, no quiere reciclarse; pero se pasa el día presumiendo de ser experto en combate, en tiro y en armamento. Estoy hasta los cojones de quejarme de que cuando hay que sacar la escopeta o el Cetme, siempre tengo que ser yo el que cargue con una cosa, y un policía, siempre el mismo, con la otra cosa. Varios no saben ni cómo coger la escopeta y a casi todos les da miedo verme con el Cetme en las manos, cuando montamos controles. Si por lo que sea no viene a trabajar Joaquín, el que maneja con seguridad ambas armas largas, ese día solo sacamos una, porque hasta el cabo (u oficial) se rila y dice que él pasa de marrones, porque las armas las carga el diablo. Ernesto, esto me hace sospechar que el inútil éste, que es el rey de las buenas palabritas, pueda llevar la pistola sin cartuchos o con el cargador a mitad de carga. Lo que es seguro es que en el cinturón no lleva ni grilletes ni cargador de repuesto”.

Lito no me estaba descubriendo nada nuevo, pues de esto me ha hablado muchas veces y hasta lo he visto trabajar, lo cual me ha permitido conocer a casi todos los integrantes de su turno. Pero, naturalmente, yo lo dejé hablar para que se desahogara. Qué menos, ya que la comida la iba a pagar él, que la anterior corrió de mi cuenta. Una vez más, me dijo: “Mira, Ernesto, leen cada noticia que se publica sobre compañeros atacados con armas blancas. Pero las leen, se quejan sin parar de lo muy mal que está la cosa y acto seguido se mofan, naturalmente por lo bajines, de los consejos que les doy sobre autoprotección durante los cacheos, las identificaciones y las aproximaciones a los sospechosos. Les insisto en que podemos disparar ante agresiones que pongan en peligro grave nuestro pellejo, pero prefieren decir que no, que el instructor, el mierdoso del que ya te he hablado, les ha dicho que ni se les ocurra abrir fuego si no están ya heridos de bala. ¡Qué hacer frente a semejantes borricos, Dios mío! Si tienen tan claro que no se van a defender cuando los estén a punto de pinchar, doy por sentando que tampoco van a disparar contra quien pudiera estar apuñalándome a mí o a una mujer maltratada, por ejemplo. Esto es lo que tenemos, Ernesto, miedo por desidia y desconocimiento”.

Si alguien se pregunta si estas cosas son inventadas por mí, ya digo que no: lo mío es narrar lo que veo, lo que oigo y lo que vivo, a veces incluso lo que siento, pues todavía no le he hincado el lápiz a la literatura creativa, que para eso hay que valer mucho más de lo que valgo, si es que acaso valgo algo. Se ve que me he convertido en el confesor de más de un servidor público de fusco en ristre, cosa que no me desagrada, porque me sirve para seguir aprendiendo. Y todo esto me empuja a parafrasear a Mariano José Larra: “Estoy condenado a escribir sobre lo que nadie quiere saber”.

Texto: Ernesto Pérez Vera

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