Mentiras que vergonzosamente pueden catapultar al éxito policial

 

Mentiras que vergonzosamente pueden catapultar al éxito policialMentiras que vergonzosamente pueden catapultar al éxito policial. Es un mentiroso compulsivo, pero muy poca gente lo sabe. Puede que ni él lo sepa. O sí, porque tiene tantísima poca vergüenza que no le cabe en la taquilla. Les estoy hablando de un policía con el que coincidí durante unos cuantos años. Pasa por ser especialista en cualquier cosa que se le ocurra, que le convenga o que esté de moda. Aunque los no expertos en la diagnosis de las patologías del comportamiento llamamos embusteros a esta clase de sujetos, los psicólogos y psiquiatras usan términos como el que da inicio a estas letras, amén de mitomanía y pseudología fantástica. La investigación médica estudia a los troleros enfermizos desde 1891, cuando el doctor alemán Anton Delbrueck los desenmascaró científicamente, introduciéndolos en la literatura facultativa.

En la sociedad abundan quienes viven abrazados a la patraña. Los hay que se visten de mecánicos, de vendedores de pisos, de reponedores de Mercadona, de albañiles, de militares, de farmacéuticos, de policías, de taxistas y hasta de enterradores. Los hay en todas las profesiones que podamos imaginar, porque un estudio estima que los inventores inconscientes de acontecimientos son uno de cada diez adultos de la población. Y pese a que no sé si los loqueros los consideran peligrosos, para mí sí que resulta muy arriesgado confiar en personajes tan tarados. Cualquier adicción termina conduciendo al adicto hacia el abismo, arrastrando con él, no pocas veces, a quien se encuentre cerca con ocasión de relaciones personales o profesionales, no escapando de la caída los enganchados a la falacia.

Mientras terminaba de escribir el párrafo anterior me ha venido a la mente otro caradura de estos, también policía y vende humo sin par. Otro con quien igualmente coincidí en los vestuarios, que ha hecho tantos servicios militares como personas le han hablado del asunto. Así pues: fue cabo primero de la Legión, cuando le tocó engañar a un legionario de verdad; fue sargento de complemento en una unidad de pontoneros, cuando engañó al ingeniero de una obra en la que estaba levantando un acta; fue cabo de la Armada, de la marina de guerra, el día que quiso darnos una lección magistral sobre vientos y mareas; y fue cabo de la Brigada Paracaidista, toma ya, cuando estrenaron Salvar al soldado Ryan. Pero lo cierto y verdad es que hizo la mili en la Cruz Roja, como turuta, llevándose para su casa más tiritas y vendas que las que ponía.

medallas policiales

El principal majara que me inspira para redactar estas líneas no larga historias improbables, ya que con frecuencia contienen algún atisbo de realidad. Es por lo que va contando por ahí que hizo tal o cual servicio destacado, aunque por descontado él no estuviese presente. En el más veraz de los casos pasaba por allí, sin pena ni gloria, dándole tiempo a empaparse de los pormenores de la detención, del decomiso de drogas o de lo que fuese, para luego elucubrar y lubricar cuentos chinos a los que hasta yo mismo aplaudiría, de no conocer la realidad. El jodido debe ser listo, muy listo, porque estoy comprobando que sin dificultad alguna y con mucha maestría cuela sus fantasías en las seseras de sus víctimas.

Nunca valió un duro. Era y sigue siendo un bulto, un cuchara que ni pincha ni corta. Un cascaron que juega de relleno, pero con el respaldo de la superioridad y de su sindicato. Jamás hizo nada de nada que no fuesen partes internos (minutas), a pesar de consumir las horas laborales dentro de un coche-patrulla o a lomos de una motocicleta, en una demarcación policial de lo más criminal y fecunda. Pero eso sí, si le diese el barrunto sería capaz de multar al mismísimo Papá Noel, asegurando después, con vehemencia, haberlo identificado mientras volaba en su trineo sin hacer uso del cinturón de seguridad. Mas ahora descubro, por supuesto sin asombrarme, que es un magnifico constructor de relatos de ficción basados en hechos reales protagonizados por terceras personas. Créanme que este tío es un genio de las bolas y de la usurpación de méritos. Y es que la peña se traga cualquier cosa si el narrador tiene buen cartel y, sobre todo, si cae bien, si ríe las gracias y si babea.

¿Qué buscan y valoran los psicólogos que nos entrevistan en los procesos selectivos durante las oposiciones? Supongo que colgados siempre pueden colarse en todas partes, pero que sean tantos huele a despropósito, a tradición o yo qué sé.

No acostumbro a morderme la lengua y tampoco me quedo corto con el teclado, así que no me voy a privar de verbalizar, en este caso por escrito, qué pienso sobre las medallas, las cruces, las placas y las demás chapitas que el fanfarrón este luce en la pechera, todas ellas otorgadas por coleguitas de asociaciones con nombres y siglas de la hostia. Asociaciones que sirven, como norma general, para amparar a asustadizos y acomplejados lilas disfrazados de hombres de Harrelson o de ninjas (los afiliados sanos y sensatos vuelan pronto, poniendo tierra de por medio al descubrir el pastel). Pamplinas severamente afectados por pertinaces delirios propios de impúberes. Fantasmas que a poco que los presiones pueden llegar a reconocerte que son unos payasos, no sin seguidamente rogar cobertura para sus ilusorias operaciones de maquillaje de la verdad. Ante tales casos, los peinaovejas desenfundan falsos elogios hacia quienes descubren sus mentiras, en un último afán de lograr, mediante la sempiterna maniobra del peloteo, un paraguas para sus miserables fabulaciones. “No se lo digas a nadie, por favor”, me han dicho alguna vez. ¡Y una mierda!

 mentiras policiales

Ahora se presenta en público como experto guía canino, si bien anteayer no era capaz de enumerar las tres diferencias básicas existentes entre los caniches de pelo largo y los jilgueros mixtos. Y el mes pasado dijo ser, portando numerosos diplomas bajo el brazo, experto en asaltos a buques y aeronaves, también a trenes, cuando lo cierto es que tarda más de cinco segundos en resolver el más sencillo encasquillamiento posible de la pistola. Lo más grande es que, arropado por una ingente cantidad de titulaciones deportivas y pseudodeportivas, se ofrece como maestro de varias artes marciales policiales, aun cuando en absoluto se ha revolcado por los suelos con delincuentes violentos. Ya despunta de cara al ascenso, porque anda que no dan frutos tan ancestrales artimañas.

El chalado de marras, muy zorro él, no navega en solitario en su guerra contra la honestidad: sus mentores y acólitos, tan enfermos como él, le aplauden y animan a seguir paseando sus mentiras, a ser posible uniformado de gala o ataviado cual contratista de Blackwater, por todos aquellos saraos de los que poder rascar una fotografía gratis, banderas de fondo. Ese es su terreno preferido, su hábitat natural. Ahí, entre copazo y copazo (sin hielo, por favor), sintiéndose en su salsa, es capaz de vomitar infinitas proezas hurtadas a otros; batallitas en las que destacarían su irreal valentía y su fantasiosa capacidad profesional.

A tenor de lo expresado por quienes tratan médicamente a los mentirosos patológicos, la mayoría de ellos fracasan en la consolidación de sus relaciones afectivas y sentimentales. La falta de confianza es clave en las relaciones personales, siendo estas personas abanderadas de la desconfianza. Si la enfermedad continúa avanzando, cual es el caso del tóxico del que vengo hablando, la mentira podría llegar a ser tan severa como para causarle problemas legales. Y yo qué miedo puedo llegar a tener por haber dicho todo esto, cuando no he dicho más que la verdad. Pues ninguno.

Texto: Ernesto Pérez Vera

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