Hola, visitante! [ Regístrate | Iniciar Sesiónrss  | rss  | rss  | tw

Pistear a una res

| Caza | 4 septiembre, 2014

 

Res abatidaAntes de comenzar con el artículo sobre pistear una res, hemos de tener meridianamente claro que jamás iniciaremos el rastreo, ni siquiera para registrar el tiro, hasta que la montería esté ciertamente acabada.

También tengo que decir que todo lo que no sea cobra en la jornada de la batida y tener que dejar el cobro a guardas, propios o volver al día siguiente  -o sucesivos si las circunstancias lo requieren- es harina de otro costal, a menudo la más sabrosa de las harinas. Nos ceñiremos en este artículo a las reses cobrables “sobre la marcha”.

Aun así, al comenzar a rastrear y si las maneras de la res herida nos lo permiten, carraspearemos de continuo y si vamos acompañados hablaremos en voz bien alta para que nos ubiquen perfectamente en el monte y evitar disgustos. Si el cobro aconsejara silencio nos valdremos de prendas de colores chillones, o como hemos hecho toda la vida, de un pañuelo blanco atado a una larga vara de acebuche o jara.

A menudo es en una piedra donde se enuentra la primera sangre.

A menudo es en una piedra donde se enuentra la primera sangre.

Ni que decir tiene que lo suyo es matar “de maceta” y no está de más señalar los que para mí son “tiros fulminantes”, “tiros mortales” y los que considero “tiros sucios”. El tema de los calibres, aunque nos soslaye la cuestión, la dejo para maestros como F. París, porque para nosotros, pobres mortales, una discusión de este tipo es como hacerlo sobre el sexo de los ángeles, aunque una cosa sí tengo clara: si la bala va a su sitio casi todos los calibres matan.

 

Lo que hacen las reses

No debemos olvidar ciertos síntomas de que el tiro es mortal a través de lo que hace la res al ser tirada. Hay muchos, pero sólo destacaré tres y de pasada: Los venados saltan juntando las manos con los tiros de codillo. Es lo que llamamos “salto acarnerado”. Otras veces se encogen, como si se asustaran, pero lo que llevan es la muerte dentro. Los cochinos, al recibir el tiro en el mismo sitio, normalmente dan unos pasos cortísimos y veloces, como de ballet. Las hembras suelen chillar o quejarse llegando a morderse la herida castañeando los dientes, aunque esto sólo lo he visto un par de veces.

Por último, de lo que podría ser una larga lista, si las reses hacen “cosas raras” en general o cambian la carrera lógica en particular, estaremos ante un magnífico signo. Algunas sencillamente no acusan el tiro y es por eso que siempre registro el sitio donde he tirado ¡Qué de sorpresas me he llevado!

Para un servidor, y ya sé que habrá quien disienta, la experiencia me ha enseñado que son “tiros fulminantes” aquellos colocados en la cabeza, en la tabla del cuello si están bien centrados -ojo con los tiros de gajorro-, los de columna vertebral si la da considerablemente -también mucho ojo a los “calentones de agujas”- y por último, ¿cómo decirlo?… los de culo, entendiendo por tales los que penetran por el mismísimo…Verán, es que en cierta ocasión cazaba con Ángel Carrascosa allá por la Sierras de Cazorla y cuando ya regresábamos del rececho matutino me preguntó:

- ¿Quieres matar una gama para la Guardia Civil, que es el día de la Patrona?

- Hombre, a eso no hemos venido, pero siendo para tan noble causa…fue mi respuesta con su “miajilla” de guasa.

Íbamos en el coche y cuatro curvas más abajo se nos cruzan dos damas, en cuanto Ángel paró, yo salté, y de culo, tapándoseme, le dejé ir una bala del .270 Win. a la que iba detrás, que resultó fulminante. La arrastré y en un periquete la teníamos al pie de mi Lada.

- ¿Sangra mucho?, me preguntó el guarda.

- Nada de nada, fue mi respuesta.

- Pues échala dentro y ahora la limpiamos en un arroyo.

Chorretón de sangre pisteo de una res

Un chorretón de sangre si está donde se ha tirado el bicho, indica que va atravesado

Cuando llegamos al puñetero caucecito, en el quinto pino como todo en aquellas sierras, nos extrañó mucho que no hubiera puesto pingando de sangre todos los chismes. Al sacarla exclamó aquel “perro viejo”:

- Qué raro! Ni una gota de sangre y hemos hecho 20 km. de carriles con este coche que bota como una pelota.

- Pues se habrá muerto del susto…o del gusto! me salió la broma tonta.

Le dimos mil y una vueltas y no fuimos capaces de dar con el balazo, y eso que miré a conciencia en salva sea la parte. El caso es que cuando Ángel le pinchó con la navaja para que tirara el aire antes de abrirla, aquel animal proyectó un chorro de sangre que lo puso perdido

- ¡Me cago…! Está hecha puré por dentro, soltó corrriendo hacia el regato para limpiarse lo justo.

Abreviando: La bala RWS H-Mantel le entró justito por el ojete sin dejar rastro alguno, la recorrió de atrás adelante destrozando huesos y órganos a su paso y se quedó justo en la tráquea sin que diera una gota de sangre ni por la boca. ¡Increíble, y la única vez que me ha pasado!

 

Los tiros mortales

Los «tiros mortales” son los colocados en su sitio, es decir, la caja torácica del animal, o en los riñones. Lo normal es que caigan de maceta pero es harto frecuente que ya sea por usar un calibre “chiquito”, uno demasiado rápido o sencillamente porque no les toca ni un hueso y los ahíla, los bichos no se quedan en el sitio, aunque su cobro no suele resultar dificultoso pues en el mismo tiro o a pocos metros, dan mucha sangre y no suelen andar mas allá de los 150 metros.

Lo de los «calibres gordos”, aunque suele funcionar, a veces dan sorpresas increíbles. Solo citar tres ejemplos: Una cierva con un 9,3×62 en los pulmones que tardó en doblar 20 minutos porque no podía rematarla al tenerla tapada; un marrano pasado de codillo y con el corazón destrozado por una bala de escopeta FN Brenneke que se murió de golpe a los 30 metros, y un venado con un tiro de riñones con un .375 H&H y bala blanda al que tuve que rematar porque pasaban minutos y no dejaba de estar engallado. De los tres casos tengo testigos.

Jabalí abatido pisteo de una res

Cochino encontrado tras un corto rastreo.

Una anécdota.

La anécdota, o lección de sabida, según se mire, me la dio mi hermano Juan cuando estaba aún verde y yo ya granado. Es un excelente ejemplo de cobro a “tiros mortales”. Era el día de la apertura y como siempre echábamos La Nava y mi puesto, el fantástico de Piedra Pescuezo. La fecha, un ya lejano 13 de octubre de 1985, no había caído una puñetera gota, hacía un calor espantoso y el monte era pura yesca. Yo tiraba con mi .270 y a Juan le presté mi “repe” a la que le había quitado el polichoke.

Nos habíamos colocado a las 9, mucho antes de la suelta, con ánimo de terminar a las 11 para no pasar demasiadas fatigas y que la carne no se echara a perder. Me entraron dos venados por el cortadero de enfrente, y aunque me cogieron la vez, pude afinar la puntería sobre uno con lo que creí total garantía. Fruto del deseo desencaré del tiro y del intento de repetirlos, no aprecié ningún detalle en el venado y exclame:

- ¿Qué marronazo! ¿Pero cómo se me ha podido ir?

- ¿Por qué no has tirado el otro?, porque el tirado va muerto. El tiro le ha entrado fenómeno y además el bicho se ha arrugado, me suelta mi hermano. Y… tú no fallas a 40 metros.

- Pues yo no le he visto nada raro. En cuanto a tirar el otro… ¡Coño, me he “agorilao” y se taparon de momento!, me sinceré.

- Ése se cobra seguro, de modo que tú tranquilo. Además, ¿no dices que nos entra Bernardino con los perros nada más soltar?, observó.

- Cierto, y los perros de Antolín dan con el venado seguro… Si, está allí, dije aún escéptico. En cualquier caso toma el rifle y dame la escopeta, que ahora te toca a ti, añadí.

Lo cierto es que llegó la hora de la suelta, llegó Bernardino y allí no se sintió un jai. Bajamos al tiro y mientras comentábamos con el perrero el lance y éste me hacia escarnio, Juan, impertérrito, busco la sangre más no dio con ella.

Mataloto, no te aturrulles y registrad despacio al final, que con tanto calor los perros no cantan todas las reses muertas. Me soltó la puya y siguió su camino no sin antes decir: Lolo, ya sabes que en cuanto entre en el manchón de la umbría vuelves a tirar.

- A mi no me mires, que ahora le toca al niño. Y sucedió tal y como sabíamos de sobra tanto el perrero como yo, que para eso llevábamos años, él en la misma mano y yo en el mismo puesto. Anunciado por una sonora ladra, saltó otro venado al veredón, aunque mucho más lejos, al límite del tiradero.

- ¡Venga con él, Juan!, lo animé.

Estoy seguro de que le falló los dos tiros porque extrañó el rifle y mucho más el canuto, que era la primera vez que lo usaba, pero el venado nos echó el culo camino del perdedero y ya casi tapado le dejé ir una bala con la escopeta por aquello de hacer ruido aunque confieso que lo apunté a muerte.

- Joder tío ¡Qué le has dado!, me suelta mi hermano.

- ¡Tú estás majara! ¿A ciento y pico metros, con la repe y de culo? ¡Anda ya!

- Que no, que ha perdido los cuartos traseros antes de taparse. ¡Ése también está ahí!

Bueno, pues acabó la montería sin más sobresaltos y dice mi hermano:

- Venga, vamos a por los venados. Y yo, más por su fe que por otra cosa, lo seguí sumiso.

Llegamos a donde había tirado el primer venado y en cuanto que dio con los chafardones de las reses en el suelo, aunque no hubiera ni gota de sangre, se internó en aquel pegajoso jaral. Yo encendí un Ducados y lo seguí. No habría andado treinta pasos cuando va y dice:

- Ves, aquí está la sangre, contra la jara ésta y a la altura del codillo.

- ¡La Virgen, que es verdad!, estallé. Lo demás fue seguir otros cien metros por un cada vez más claro rastro y dar con el venado.

- Marca éste y vamos a por el otro, dice, y yo, obediente, hice lo que me decía.

Dadas las circunstancias no me extrañó que el puñetero diera con el segundo bicho a los pocos metros de donde lo tiré con la escopeta. ¡Juro que si no es por él los animales se quedan en el campo! Desde entonces, si los meteoros o mis ya cansadas piernas me dejan, jamás dejo de registrar un tiro por absurdo que parezca, del mismo modo que hago muchísimo caso a mis distintos secretarios pues cuatro ojos ven más que dos. Muchas, pero muchas reses las he cobrado por seguir estas máximas. Sirva esta anécdota para dejar claro que los tiros bien colocados son, como dijimos, mortales.

Mas ahora llegamos a la madre del cordero: hemos de pistear aquellas reses que dijimos que tenían “tiros sucios” pero que, según veremos ahora, en algunos casos nos darán base para pensar en que el cobro es factible.

 

Al llegar al tiro

Al llegar al tiro pueden sucedemos dos cosas: que demos con la sangre o no demos con ella a pesar de haber visto caer la res. No desesperemos que varias pistas nos puedan hacer perseverar y seguir las huellas hasta dar con una pista clara y poder juzgar el cobro con más certeza.

Lo primero que hay que saber es que una res herida no pisa como una indemne, y si el terreno nos permite ver con claridad la huella podremos con bastante certeza leerle la gravedad de la herida.

Como regla general, tanto venados como cochinos tocados de consideración abrirán o separarán las pezuñas. Por ejemplo, si le cogemos la pista a un cervuno antes del tiro y estudiamos la huella, tras la caída y posterior herida del animal muestra la pisada con las uñas claramente más separadas que antes del tiro. Podremos poner empeño en el cobro pues éste es bastante factible.

Además tenemos otro elemento de juicio que antes de dar con pista de sangre nos ayudará a juzgar: si una res sube y sube, y tras alrededor de cien metros no varía la carrera costeando o comenzando a bajar descaradamente, podemos darnos la vuelta y olvidarnos del cobro del bicho. Lleva mucha vida y fuerza y podría llegar, antes de desfallecer, a distancias imposibles. Lo dicho reza también para las reses aunque den sangre. ¡Res que sube, res perdida! Ahora bien, si vemos las uñas separadas o pelo en el monte o el suelo, que ése es otro rastro cierto de la caída del animal y tras unos metros razonables, la res deja de subir quebrando radicalmente su carrera, sobre todo si comienza a bajar, podemos dar por cierto el cobro: la res pierde fuerza a raudales y no andará muy lejos. Esto suele coincidir, aunque no siempre, con la aparición de sangre en el rastro.

Otro elemento de juicio, aunque éste sea para gente muy ducha, son las ramitas rotas y resbalones en el terreno por el camino que lleva la res. Suelen ser señales de que el bicho va mareado y dando camballadas, pero mejor no metemos en este terreno porque podría llevarnos al engaño.

 

Por fin sangre

Y por fin llegamos a los rastros con sangre y mucho es lo escrito por ahí, casi todo cierto. No obstante yo daré mi punto de vista que a veces difiere de los cánones establecidos.

Para empezar, a mí la sangre me sirve sobre todo para seguir con facilidad el rastro. Por lo demás es mentirosa como ella sola y sólo si el rastro es exagerado y la hemorragia bestial, lo seguiré confiado. Antes de dejar constancia de lo que todo montero sabe o ha oído, diré como los gallegos, con una pregunta, el porqué de mi anterior afirmación:

¿Qué porcentaje de reses a las que le han cogido la sangre han dejado de darla a pocos cientos de metros o ésta se ha vuelto tan escasa que te vuelves loco salvo que seas un “pisteur” nato? ¿El 25, el 50 por ciento? Por ahí anda. Ocurre que si, como ya dije, la cosa es exagerada y el animal va dando además de sangre hueso y coágulos, la herida se irá cerrando hasta llegar a taponarse en muchos casos. Entonces el pisteo se convierte en un arte que nosotros no abordaremos, entre otras cosas porque este modesto cofrade no es ningún maestro.

Sí hemos de dejar constancia de una serie de cuestiones que nos ayudaran muchísimo. Si la sangre es rojo intenso tirando a brillar incluso, nos encontraremos con que es sangre arterial y la herida a menudo es grave. Si casi brilla, es que el tiro es de pulmones y el cobro bastante seguro. Si va acompañada de huesos más o menos grandes, entonces miel sobre hojuelas.

Mas, ¿por qué he escrito la palabra “bastante” dejando una sombra de duda? Plantearé otra pregunta: ¿cuántos de ustedes han seguido confiados un rastro de sangre arterial y de golpe nos encontramos con un “pan de sangre”? Esto es que la res se ha echado cansada o muy herida y en ese lapso de tiempo ha dejado un gran manchurrón. Acto seguido la res ha seguido su huida y nosotros jamás daremos con ella, sobre todo si el terreno está muy quebrado y la res baja por derecho. Suelen ser tiros que aparte de pulmón también cogen barriga y que se taponan fácilmente, si no tuviéramos tanta prisa y le diéramos al bicho un par de horas para que se enfriara, nos lo encontraríamos frito, porque casi con seguridad los perros o nosotros levantariamos a la res mientras la rastreamos. Una peritonitis le provocaría la muerte. Estos pobres animales, los encontremos o no, están condenados.

Si la sangre presenta una tonalidad oscura, a veces casi negra, nos encontramos con que la sangre es venosa y suelen ser tiros musculares, casi siempre de jamones. Esto no tiene por qué ser mala señal porque a menudo la res se rinde y se echa: simplemente vayamos preparados por si tenemos que rematarla de un tiro si se nos levanta de los pies.

Meternos aquí a dilucidar si el tiro presenta o no gravedad como para seguir el cobro excede este especio, así que les doy un consejo: ¡Busquen huesos e intenten deducir de qué parte de la anatomía es la herida! Por último, si la sangre es viscosa, mezclada con rumen, o como solemos decir, es sangraza -sangre mezclada con cualquier cosa-, el tiro es claramente de barriga y ya sabemos lo que eso significa, que podemos estar corriendo tras ella que mientras no la dejemos parar, ella no lo hará. Son reses a la antigua, para el día siguiente, pues mueren al encamarse y enfriarse.

restos de sengre pisteando una res

Si la sangre es de un color rojo intenso indica que el animal va tocado de pulmón

 La sangre que mancha el monte

Para terminar y no extenderme demasiado, toquemos someramente el asunto de la sangre en el monte, que no es tema baladí.

rastreando un venado, pisteando una res

Venado encontrado a unos treinta metros de donde fue herido. En todo momento fue dejando un claro rastro de sangre.

Por la sangre que deja manchado el monte deduciremos un montón de cosas independientemente de lo escrito hasta ahora sobre el color. Sabremos si está atravesada o no, que no es ninguna tontería pero que también nos haría pasarnos tres pueblos dando explicaciones. Del mismo modo nos indicará la altura de la herida, otra cuestión fundamental por motivos obvios, por lo menos, para permitirnos descartar gran parte de la anatomía de la pieza. Por ejemplo y para que se me entienda: si vemos sangre en el monte y ésta es oscura y está a la atura de nuestras rodilla, la res lleva una pata o a brazuelo quebrado: mal asunto.

Quisiera terminar expresando lo que tanto intento trasmitir a quienes empiezan. ¿Sabéis quienes son los mejores auxiliares a la hora de cobrar las reses, incluso mejores que el más fino teckel? ¡Los compañeros monteros! ¡Nuestros vecinos de puesto! De su caballerosidad y sinceridad dependerá el éxito de nuestra empresa y nos ahorrará disgustos y palizones de andar.

Un botón para acabar. En Navaloscorchos, allá por el 76, tiré un venado con la escopeta y vi que acusó el tiro. Segundos después sonó el estampido del remate de mi vecino. Acabada la montería me fui al lugar de los hechos y me encontré con que lo había atravesado de barriga. Como está mandado seguí los rastros tosiendo cada vez con más fuerza según me aproximaba al paso del compañero. ¡No hizo falta llegar! Antes de verlo sentí una voz que me llamaba y que nunca olvidaré:

- Tranquilo, chaval, que el venado es tuyo y aquí lo tienes rematado.

Recuerdo como si fuera ayer que era un montero de los antiguos, con solera, y vestía un traje campero bien usado, raido y cómodo que delataba sus muchas horas de monte.

¡Igual que ahora, que en lugar de monteros solemos encontramos maniquíes recién salidos del Corte Inglés!

 

Texto: Lolo Mialdea Lozano

 

Artículos relacionados:

 

 

3070 vistas totales, 1 hoy

  

Añadir comentario

Amazon Shop

BANNER-TORNIQUETEbanner-cuarta-edición

Enlaces Patrocinados

banner iberian 2018

BANNER-CASCOS-ELECTRONICOS

Artículos